8M (español)
Más que pensar en una fecha, quiero que pensemos en esta entrada de blog como la base de la historia que quiero contar, y que el título dé espacio simplemente a cuándo sucedió.
No pensé comenzar mi blog escribiendo una entrada del 8M, pero si soy realista, es lo que más sentido hace conmigo. Así arrancó mi proyecto Arkive hace un año, justo con el 8M, a partir de la necesidad de comenzar a compartir aquellas historias que resonaran fuerte conmigo; esas historias que cargan un valor humano, las historias que me mueven en la memoria y en la empatía, que incluso me conectan con canciones que parecen cargar su propia banda sonora, pero sobre todo aquellas historias que me conectan con los demás, comunicando desde lo real y sintiendo desde lo humano.

Próximamente escribiré más sobre mí. Hoy quiero hablar de la base, el género en el que me tocó nacer: el ser mujer. Es importante para mí tocar este tema desde la experiencia, desde lo vivido, y buscando sumar de alguna manera a través de conocer y ver más allá de solo compartir fotografías.
El 8 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Mujer y cada año se vive diferente. El hecho de conmemorar anualmente las brechas que hemos vivido históricamente dice mucho de la sociedad en la que existimos actualmente, y de cómo el pensar en exigir algo tan básico como “respétame si te digo que NO” se vuelve la historia más común de cualquier mujer. Lo que comenzó como una conmemoración basada en un movimiento hoy representa una causa global. Pensaríamos que muchas cosas habrían cambiado desde 1975, cuando se formalizó la fecha, pero en realidad, en México, aún en el año 2026 ser mujer puede llegar a sentirse como una carga adicional al nacer, una carga que ya no queremos seguir cargando.

Soy norteña de corazón, chihuahuense viviendo recientemente en Tijuana, que por azares del destino terminó pasando este 8M en la capital del país, acompañada de muchas emociones, saturación y nuevas experiencias. En el norte el 8M no tiene el mismo alcance en números o en tamaño. En Chihuahua, por una parte, fue y será una historia que queda pendiente porque quiero contarla a detalle, ya que al ser mi estado natal lo viví intenso, sobre todo al haber estado dentro de gobierno y haber presenciado maltratos por parte de los mismos. En Tijuana, por otro lado, se siente una unidad en el contingente que, aunque sea menor en número, une a todas en voz y movimiento. En CDMX se sintió distinto, se sintió potente, pero también es importante para mí relatarlo de forma real y retratarlo humanamente. En CDMX el 8M está transmutando, se está convirtiendo en un canal con muchas vertientes.

Al unirme al primer contingente sobre avenida Juárez pude percibir inmediatamente mucho silencio en las calles y a todos los negocios y autoridades preparándose para recibir la oleada morada y verde. La gran inclusión fue lo que más llamó mi atención. Desde que llegué pude ver muchas caras diferentes, niñas compartiendo sus intereses, abuelitas, mujeres con discapacidad y, sobre todo, un sinfín de carteles exigiendo, compartiendo testimonios, memes, ilustraciones, cánticos y una enorme diversidad de símbolos de lo que para cada una representa el feminismo o el ser mujer.


Al frente siempre las autoridades llenas de mujeres, la CNDH también se hizo presente y los medios de comunicación buscaban cubrir las notas. A los costados veía ocasionalmente a algún novio o esposo cuidando a lo lejos a su pareja, con un bote de agua y pertenencias a la mano. Los inicios de la marcha creo que son donde más se parecen entre sí, hay unidad y humanidad, y generalmente es donde veo a las familias más animadas a sumarse a la causa.


Conforme avanzaba el contingente de Women on Fire, frente a Bellas Artes se nos unió José Luis Castillo, padre de Esmeralda Castillo, quien lleva 16 años desaparecida. Ese fue uno de los momentos iniciales más emocionales, donde de frente, mirando al contingente con nada más que una bolsa en mano y una lona sobre el cuerpo, se dejó arropar por el apoyo y nos dio unas palabras increíbles. Al unirse continuamos la marcha rumbo al Zócalo de la ciudad con espacios sumamente delimitados. En CDMX fue una de las cosas que más me sorprendió, lo “controlado” que ya está el expresarse. Es como si ellos nos dijeran por dónde dirigir nuestro enojo. Todo estaba lleno de vallas de más de tres metros de altura que delimitaban por dónde debíamos continuar, un sinfín de vallas llenas de mensajes de marchas anteriores, imágenes y peticiones que ya ni se alcanzaban a leer. Además de delimitarnos, el fin de esas vallas es proteger o blindar los monumentos históricos. Entonces no solo se controla el paso de la marcha, sino también el lugar donde se deben poner los mensajes que después no solo serán limpiados, sino olvidados.



A nuestro lado también caminaban policías malamente disfrazados de civiles, quienes parecían estar ahí solo para observar y reportar cada movimiento. Entre la multitud también se podían ver algunos hombres, algunos acompañando a sus hijas, otros pidiendo justicia para sus mujeres y otros, como el señor que retraté, tratando de dar un mensaje fuerte y claro para otros hombres: “Yo apoyo y amo a la mujer, tuve mamá, tengo esposa, hermanas, tías, cuñadas, hijas, sobrinas, nietas, amigas y soy un caballero”. Personalmente creo que se puede ver claramente quién suma y quién no.



Al llegar al Zócalo el primer contingente realizó momentos de protesta, de escucha, de lectura de mensajes y, sobre todo, de unidad al esperar al resto de los contingentes. Según el número estimado este año hubo una participación de 120 mil asistentes que se fueron sumando conforme avanzaba el día, todos concentrándose frente al Palacio Nacional y la Catedral. Mientras llegaban se podía ver cómo las calles se llenaban de mensajes, colores y muchos gritos, gritos de dolor, mucho dolor. Madres, hijas, hermanas, amigas y también familias completas con lonas y pancartas con rostros de personas desaparecidas, exigiendo justicia y pidiendo que al menos por un día su voz fuera realmente escuchada al sumarse con muchísima gente más. Las calles se llenaron de mujeres apoyando a mujeres, manifestantes regalando flores a las policías, compartiendo botellas de agua con quienes marchaban y comprando a mujeres comerciantes que, sentadas en el piso con sus hijos al lado, vendían pequeños ramos de flores, pañuelos morados y un sinfín de productos relacionados con la marcha.



La diversidad era tanta que mis ojos provincianos no alcanzaban a dimensionar la cantidad de personas que había ahí. Otra de las cosas que también me impactó fue cómo, en paralelo al movimiento, los comerciantes llegaban en cantidades impresionantes vendiendo papas fritas, jicaletas, esquites, aguas y un sinfín de alimentos y productos. En momentos era un contraste muy fuerte ver círculos de personas llorando y compartiendo sus testimonios mientras un señor gritaba “llévele la papa frita, llévese el agua bien fría güerita”. Como todo movimiento que crece y se expande a este nivel es imposible escapar del consumismo y del capitalismo. Si bien todas necesitamos comer e hidratarnos, para muchos también es un espacio para poder comercializar y ganarse el pan del día, más aún con el tamaño de las asistentes.





Conforme fue avanzando la tarde terminaron de llegar los demás contingentes a concentrarse frente a dicho espacio y se podía ver toda la diversidad de expresiones, muchas llenas de rabia y enojo frente a las gigantes vallas, golpeando, quemando carteles y exigiendo que por una vez se les diera la cara. Otros círculos contenían espacios de expresión ligados al arte, ilustrar en el piso, recitar poesía al oído de otras mujeres, espacios de expresión, espacios de alegría y festival al celebrar la unión. En un escenario temporal nuevamente José Luis compartió su fuerte testimonio y el cómo él tiene el sueño de que en México, por una vez, las cosas cambien, cómo él (como muchas en la lucha) desea que este país pueda transformarse, y su otro sueño, volver a ver y escuchar a su hija, que ella llegue con él y le diga “papá aquí estuve todo el tiempo, no me fui”. Así como José Luis, muchas estaban a la espera de eso, de que todo cambie y sea diferente, que lo vivido sea solo una pesadilla de la que podamos despertar.







Porque si algo tenemos en común de norte a sur es que todas tenemos un testimonio o una historia que nos une a la causa. No es casualidad que estemos ahí, llenas de dolor, exigiendo que las condiciones sean diferentes y que, más que buscar las formas (porque claramente ahí están), quienes tienen el poder puedan unirse para darle más sonido a todas nuestras voces. Muchas mujeres con hijos en brazos, con sus hijas con alas de mariposa diciendo “que haber nacido nena no sea una condena” muestran perfectamente lo que comento arriba, cómo puede sentirse como una carga el haber nacido mujer.









La marcha finaliza cuando cada una decide irse y dejar su contingente, su círculo, despedirse de sus amigas o cuando tus pies ya no aguantan. Porque en realidad al día siguiente el Zócalo vuelve a sus actividades regulares, limpian todo y hacen como que nada de eso pasó, la belleza de esas costosas vallas.









El 8M en México es más que una marcha, y toda esa diversidad de voces, rostros, mensajes, carteles, fotos, testimonios, apoyo y gritos se convierten en concientización, conmemoración y revolución. Y como he dicho y seguiré diciendo, mientras yo tenga una cámara en la mano seguiré mostrando y sumando a esta causa. Honro a todas aquellas y aquellos que luchan por lo perdido, lo sufrido y por esos sueños que queremos ver cumplidos, volver a ver a nuestras personas, recibir justicia y, sobre todo, vivir en un país donde el morado sea más fuerte que el rojo sangre.








